Trío Ludwig. 

Teatro Jovellanos, 18   de abril de 2018.
Publicado originalmente en La Nueva España.

Por Eduardo Viñuela

Crítica del concierto de la Sociedad Filarmónica de Gijón.

Beethoven precisa poca presentación y justificación para aparecer en los programas de cualquier teatro; es el paradigma de genio creador romántico y, sin duda, podemos situarlo en el podio del canon musical, lo que lo convierte en uno e los compositores más interpretados de la historia. Podríamos pensar que todo está dicho del músico de Bonn, que poco se puede ofrecer a estas alturas en su interpretación, pero el “Trío Ludwig” no ha adoptado el nombre de pila de Beethoven por casualidad, sino como seña de su compromiso con uno de los repertorios menos conocidos de este compositor: los tríos con piano. Este conjunto, formado por los hermanos Abel Tomás (violín) y Arnau Tomás (violonchelo) y la pianista Hyo-Sun Lim, lleva casi una década especializándose en estas obras y difundiéndolas en forma de grabaciones y conciertos por todo el mundo. El miércoles llegaron a Gijón, en un nuevo concierto de la “Sociedad Filarmónica de Gijón”.

Beethoven puede hasta con una tarde de sol y calor, y el Teatro Jovellanos presentó buena afluencia para la ocasión. El programa recogió obras de diferentes etapas del compositor, ofreciendo un mosaico de recursos en los que se podía percibir la evolución del lenguaje romántico y muchas de las señas estilísticas del genio alemán. El recital comenzó con una apuesta por el orden y la eufonía; el “Trío nº 2 en Sol mayor” es una obra de juventud que se mueve en los márgenes del Clasicismo, sonido amable que resulta fácil de escuchar especialmente cuando predomina el buen gusto con el que el “Trío Ludwig” abordó la interpretación. Buena articulación de fraseos, motivos bien conducidos y acertado manejo de los tempos; todo para dar con el tono adecuado en cada movimiento desde la solemnidad el Largo al enérgico Finale, pasando por la gracia del Scherzo con el empuje ternario.

Más complejo resulta el “Trío en Re mayor Op. 70, nº1”, el conocido como el  “de los espíritus” por el extenso Largo que domina la pieza, compuesto para una escena de brujas de un “Macbeth” que nunca se materializó. Desde los primeros compases se percibe que estamos ante un Beethoven más maduro; fraseos irregulares y cambios de textura constantes exigen una gran compenetración, como la que demostraron los músicos en el escenario. El Largo central fue espectacular, posiblemente el momento de la noche; las notas tenidas y las progresiones temáticas hicieron avanzar el discurso con un gusto exquisito, manteniendo la tensión de la obra y logrando momentos de una densidad sonora conmovedora.

Más Beethoven para la segunda parte. El “Trío en Si bemol mayor”, conocido como el “Archiduque”, copó el concierto tras la pausa con tres cuartos de hora de diálogo constante entre instrumentos y pasajes de gran imaginación, como la combinación de pizzicatti y notas picadas al piano en el Allegro inicial. Esta obra es un manual de recursos para desarrollar un tema: dinámicas, progresiones, modulaciones, texturas homofónicas y contrapuntísticas, ecos…es difícil apuntarlo todo, pero podemos asegurar que todo sonó bien. Cada movimiento se cerró con una poderosa cadencia (marca beethoveniana) que pedía romper en aplausos; estallaron todos al final del concierto. No hubo propina, pero mejor así, podría haber sido una nota discordante en un programa redondo