Un recital lastrado por los desajustes

 Daniel Jaime Pérez (violín)  y Francisco Jaime Pantín (piano)

Teatro Jovellanos, 22  de enero de 2020.
Publicado originalmente en La Nueva España.

Por Eduardo Viñuela

Crítica del concierto de la Sociedad Filarmónica de Gijón.

El programa era muy atractivo sobre el papel, desde la selección de obras hasta los guiños fáusticos que plagaban toda su concepción. El virtuosismo musical siempre ha encontrado en el violín uno de sus máximos exponentes, y el recorrido que se planteaba desde la obra más “endiablada” de Tartini, concebida en pleno barroco, hasta la rapsodia zíngara de Ravel compuesta en los años 1920s prometía una tarde animada y de mucha altura. Sin embargo, las expectativas no siempre se cumplen, y el pasado miércoles resultaba difícil entregarse al disfrute de estas piezas con la inseguridad que transmitían los continuos desajustes en la interpretación.

La sonata “El trino del diablo”, del italiano Tartini, comenzó bien, con un allegro solemne que presentaba los motivos principales y las primeras modulaciones. Sin embargo, ya en el “Allegro moderatto” asistimos a los primeros problemas de afinación en las progresiones del violín y a una evidente falta de entendimiento entre los músicos que hizo que el discurrir de la pieza fuera atropellado. El inteligente control de la dinámica en el “Andante” y la aceptable ejecución del virtuoso solo de violín en la recta final no lograron enderezar una interpretación lastrada por las imprecisiones.

Beethoven llegó como un soplo de aire fresco, y logró imponer equilibrio en el recital y dar sosiego al público. La “Sonata para violín en Sol menor” es una de esas obras en las que se respira el tránsito del Clasicismo al Romanticismo, y la claridad de formas dio a los intérpretes confianza para presentar con brío los temas y preparar de forma acertada las rotundas cadencias características del genio de Bonn. El clima reposado del “Adagio”, con un buen empleo de los vibratos para lograr el afecto del tema cantábile fue todo un remanso de paz, y la convincente cadencia del “Finale” confirmó que todo estaba en su sitio y fluía por fin con la naturalidad deseada.

Las imprecisiones volvieron en la “Sonata para violín y piano nº3” de Brahms, que discurrió de forma trabada, especialmente en el tercer movimiento, donde asistimos a un diálogo atropellado entre violín y piano que abocó el final a una cadencia sin gracia, casi con desgana, y eso que la partitura indica que debía ser “un poco presto e con sentimento”.Quizás el “Tzigane” de Ravel podía aún salvar el recital, pero, a pesar de la exhibición de virtuosismo del violinista, las desafinaciones y los desajustes volvieron a aparecer como una espada de Damocles, amenazando constantemente hasta el atragantón de la cadencia final. El público aplaudió con entusiasmo y entrega, puede que empujado por el efectismo de un virtuosismo que vence, pero no convence. Como propina sonó la “Danza de los espíritus” del “Orfeo” de Gluck, mucho menos ambiciosa que las obras del programa, y es que la sensación al abandonar el teatro era que a la preparación de un recital tan exigente le faltaron horas, sobre todo para trabajar la compenetración.

 


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