Sonatas Apócrifas

Aarón Zapico (clave) y Emilio Moreno (violín). 

Teatro Jovellanos, 7   de noviembre de 2018.
Publicado originalmente en La Nueva España.

Por Eduardo Viñuela

Crítica del concierto de la Sociedad Filarmónica de Gijón.

La propuesta era atractiva, incluso enigmática, sobre el papel: “Sonatas apócrifas de Luigi Boccherini”. No es habitual encontrar programas monográficos dedicados a un compositor tan difícil del situar en la historia de la música. A caballo entre el último barroco y el clasicismo pleno, tan español como italiano, Boccherini cuenta con una obra que ofrece multitud de matices y lenguajes que se mueven entre el estilo galante europeo y el baile popular español, siempre dentro del decoro y la serenidad de la impronta clásica, pero sin renunciar a la expresividad y a los afectos.

Antes de empezar el recital, el violinista Emilio Moreno se dirigió al público para desvelar el espíritu del concierto, enmarcándolo en la práctica tan común en el siglo XIX de adaptar las obras de conjunto a los instrumentos disponibles en cada ocasión. Así, cuartetos y quintetos sonarían con arreglos para dúo de violín y clave. Hasta aquí todo bien, pero cuando la música empezó a sonar era evidente que algo no funcionaba: el violín no lograba el peso que cabía esperar en una obra de este periodo, su sonido sonaba apagado, quizás también por el empleo de cuerdas de tripa, y los fraseos quedaban desdibujados, no resultaban convincentes frente a la seguridad y la diligencia que mostraba Aarón Zapico al clave.

Quizás la merma de efectivos no fue la más adecuada para un escenario como el teatro Jovellanos, no es lo mismo un salón de la burguesía del XIX que un teatro actual. Pero el desequilibrio entre ambos músicos era palpable en la articulación, la intención, la definición… Hubo momentos de cierto entendimiento en la sonata “La seguidilla”, con un minueto en el que Moreno puso un plus de gestualidad y logró un diálogo convincente con el clave. En el “andantino” de la “Sonata en Re Mayor”, incluso hubo complicidad para crear expectación como dúo, pero en el “allegro” final el clave casi hizo desaparecer al violín, que no parecía encontrar su sitio.

El “presto” de “La tirana española” confirmó los desatinos del violinista a la hora de enfatizar pasajes en los tiempos rápidos, y sólo en los lentos, como el “largo” de la Sonata op.2/1 en Do menor”, se atisbaba algo de compenetración. Tras algo más de una hora de concierto, el público respondió con un aplauso comedido y correcto, nada de ovaciones y ni rastro de reclamo de propinas. No es Boccherini un compositor especialmente lucido ni fácil para la estética musical actual, pero quizás con algo más de brillo, definición y fuerza en el violín la cosa habría sido diferente. Si en la adaptación tienes que suplir el material melódico de varios instrumentos y convencer en un recinto de grandes dimensiones, el planteamiento ha de ser diferente a lo que vimos el pasado miércoles en el Jovellanos. Boccherini bien vale una misa.