Cuarteto Brentano. 

Teatro Jovellanos, 14   de marzo de 2018.
Publicado originalmente en La Nueva España.

Por Eduardo Viñuela

Crítica del concierto de la Sociedad Filarmónica de Gijón.

La música de cuarteto aparece generalmente en las historias de la música como obra menor, como terreno de prueba para proyectos de mayor envergadura, pero muchas veces estas composiciones contienen detalles y matices difíciles de apreciar en el grueso de una orquesta y exigen a cada miembro del cuarteto el máximo nivel para que el discurso musical no decaiga. No obstante más allá de la calidad individual, es la compenetración y la complicidad lo que distingue a un cuarteto, y estas cualidades son definitorias del “Cuarteto Brentano”. Este conjunto lleva un cuarto de siglo en activo, y su carrera está llena de galardones internacionales que premian la consecución de un sonido elegante y la capacidad para dar vida a obras de diferentes periodos.

El miércoles llegaron a la ciudad y conquistaron el Jovellanos en un nuevo concierto de la Sociedad Filarmónica de Gijón. El recital fue de menos a más y el público fue respondiendo a esta dinámica, subiendo la intensidad de las ovaciones hasta llegar a los “bravos” que cerraron el concierto. Empezaron muy puntuales, con algunos espectadores aún acomodándose, interpretando el “Cuarteto en Si menor Op. 63, nº 3” de Haydn, una obra de madurez y de estructura clásica en la que el cuarteto dio las primeras muestras de calidad: buena articulación del fraseo, definición de las melodías y control del tempo, especialmente en el Adagio, que discurre pausado y con notas tenidas, alternando el protagonismo de instrumentos hasta finalizar casi dormido. Fue una buena elección para abrir el concierto.

La intensidad subió con Shostakóvich y su “Cuarteto nº 12 en Re bemol mayor”; la entrada solista del chelo y la progresiva incorporación del resto de instrumentos nos trasladó rápidamente a una atmósfera inquietante, dominada por las disonancias y las tensiones generadas por glisandos y pizzicatti. Una pieza que arranca con un movimiento en moderato en el que las progresiones temáticas alternan carácter y delicadeza en los agudos y que deriva en un segundo movimiento de aire contrastante que resultó hipnótico. Posiblemente, este fue el mejor momento del recital; la compenetración del cuarteto fue perfecta, mantuvieron con diligencia el pulso y la tensión desplegando todo tipo de recursos, que incluyeron acordes rasgados y ataques obstinados del tema, así como variaciones de tempo y de textura bien articuladas. La ovación con la que finalizó la primera parte certificó la conexión con el público.

La segunda parte fue para Beethoven;  el “Cuarteto en Do menor” sonó con aire romántico dentro de los esquemas clásicos y con fraseos tendentes a la cadencia, como mandan los cánones. Pero, sin duda, destacó por el ímpetu y la energía que los intérpretes pusieron en su ejecución, algo que quedó patente en la amplia gestualidad de los músicos y su entrega, especialmente en el Prestissimo final. Fue un derroche de energía contagiosa que desató una nueva ovación. Quizás como bálsamo para reconducir la tensión emocional, la propina nos trasladó al primer barroco con el “Lasciatemi morire”, el lamento de la ópera “L´Arianna” de Monteverdi.