Rigor y un soplo de aire fresco 

Teatro Jovellanos, 29 de Marzo de 2017
Publicado originalmente en La Nueva España.

Por Eduardo Viñuela

Los cuartetos de cuerda encierran una curiosa contradicción: resultan a la vez monótonos y atractivos.  Son conjuntos que han cumplido numerosas funciones a lo largo de la historia de la música, desde amenizar un evento y cubrir las horas de ocio de un caballero pudiente a servir de terreno de pruebas a muchos compositores para buscar soluciones compositivas innovadoras.  El registro de un cuarteto no consigue la paleta tímbrica ni la intensidad de una orquesta, pero tiene la versatilidad suficiente para que el compositor pueda dar rienda suelta a su creatividad.  Además, es una formación exigente, que obliga a cualquiera de sus miembros a realizar una buena ejecución individual y saber conectar con el resto, ya que cualquier tropiezo es fácilmente advertido por la audiencia.  Por esta razón, los conciertos de cuartetos tienen su propia dinámica, su propia rutina y predisposición en el oyente.

El miércoles la Sociedad Filarmónica de Gijón traía al teatro Jovellanos a “Alma Quartet”, y un rápido vistazo al programa captaba la atención; entre una obra de Haydn y otra de Brahms se colaba un nombre poco habitual en los repertorios y desconocido para el gran público: el chelo Erwin Schulhoff, un prolijo compositor judío comprometido a partes iguales con el comunismo y la vanguardia artística de su tiempo.  Su “Cuarteto nº 0 en Sol Mayor” era la gran apuesta de “Alma Quartet” para la tarde, no en vano la obra de este compositor es la carta de presentación y el primer éxito de un cuarteto que cuenta con apenas tres años de trayectoria.

Antes sonó el “Cuarteto Aurora” de Haydn, una obra de madurez del que es considerado por muchos el padre del cuarteto (también de la sinfonía). Discurrió por los cánones clásicos, con frases bien articuladas, equilibradas, pero con una intencionalidad comunicativa que deja patente la evolución musical de haydn hacia la expresividad; así, el allegro inicial arranca en calma, pero pronto se suceden los contrastes entre pasajes, y el allegro final muestra una clara complejidad, con diálogos e intercambio de material que exige compenetración y virtuosismo.  Haydn siempre es una buena elección para abrir un programa de cuartetos

Con el “Cuarteto nº 0 en Sol menor” de Schulhoff cambiamos totalmente de registro: tonalidad extendida, progresiones imaginativas con disonancias  y un ímpetu que transmite gran intensidad y condensación de ideas.  “Alma Quartet” estuvieron soberbios en su ejecución, logrando concertar y dar vida a cada motivo; especialmente emotivo fue el “Langsam”, construido a base de notas tenidas prolongadas que suman texturas en un continuum sonoro con gradaciones de intensidad.

Para cerrar el concierto, el “Cuarteto Op. 51 nº 1”  de Brahms; un gigante en el que se puede apreciar la facilidad de este compositor para manejar el lenguaje romántico sobre estructuras clásicas.  Los primeros compases nos introducen de golpe en un mundo sonoro complejo y nos preparan para una progresión de motivos a borbotones, con arrebatos violentos de gran densidad.  Es una pieza exigente, tanto por el virtuosismo como por la concentración y tensión que precisa en su interpretación, pero “Alma Quartet” solventó la papeleta con seguridad y sin aparente esfuerzo.  No hubo propinas, pero salimos del teatro con la seguridad de haber disfrutado de un gran concierto.