Jianing Kong (piano). 

Teatro Jovellanos, 9 de noviembre de 2016
Publicado originalmente en La Nueva España.

Por Eduardo Viñuela

Es uno de los nombres del momento entre las jóvenes promesas del piano, especialmente a raíz de que el año pasado Jianing Kong quedara tercero en el Concurso Internacional de Piano de Santander.  Este pianista chino cuenta a sus treinta años con una carrera plagada de premios y con actuaciones en auditorios de todo el mundo; una trayectoria ascendente que no ha hecho más que empezar y que augura muchos más reconocimientos.

El pasado miércoles Kong ofreció un recital dentro de la programación de la Sociedad Filarmónica de Gijón con un programa marcadamente romántico que, sobre el papel, no extrañaría a nadie: dos sonatas de Beethoven  en la primera parte y los “12 estudios Op. 25” de Chopin para la segunda. Sin embargo, la interpretación de Kong dejó patente lo distante que puede estar el lenguaje de estos dos compositores románticos, a pesar de que no hay más de treinta años de lapso temporal en la composición de las piezas.

Kong comenzó puntual, entró en el escenario con energía, casi con premura, una premonición de lo que ocurriría con la interpretación de las sonatas de Beethoven.  Arrancó el famoso “allegro con brío” de la nº 21 con un ritmo muy vivo, otorgando a los desarrollos temáticos un aire de ligereza y liviandad cai mecánica que acercó el planteamiento de la interpretación al estilo clásico. Solo las dinámicas conseguían marcar contrastes entre los pasajes de la obra, porque el resto era un fluir constante y vertiginoso de notas que, sin duda, dan muestra de su virtuosismo y de su dominio técnico, algo incontestable, pero en el que se echó en falta el peso y la expresividad, el carácter en una palabra, que exigen las obras de Beethoven.  Lo mismo sucedió en la sonata “Apassionata”, donde si bien el “Andante con moto” frenó el tumulto momentáneamente, el “Presto” final resultó a todas luces atropellado.

Muy diferente fue la interpretación de los “12 estudios” de Chopin.  La técnica de Kong se adapta como un guante al lenguaje de una pieza en la que abundan los arpegios y los desarrollos veloces y amplios en diferentes escalas.  Kong supo destacar las notas principales de cada estudio, dejando el nutrido acompañamiento en un segundo plano.  Aquí sí, el pianista chino se lució en cada número: en los primeros destacó no solo la velocidad sino también la levedad con la que abordó la melodía, mientras que la intensidad se fue imponiendo en los números finales a golpe de “staccato” y con vertiginosas cascadas de notas.  La ovación final fue sincera, aunque no consiguió propinas.

Puede parecer un tópico, pero en este caso se cumple la máxima de que la personalidad del intérprete se logra con la madurez.  Los estudios de Chopin son piezas de trabajo técnico que es posible dominar a base de horas de ensayo, las sonatas de Beethoven por su parte son obras con mayor complejidad conceptual y que exigen un planteamiento holístico por parte del intérprete.  Lo que está claro es que la madurez para Kong es solo cuestión de tiempo.