Guillermo Pastrana 

Teatro Jovellanos, 25 de Enero de 2017

Por Ramón Avello

Un concierto para violonchelo solo, es decir a pelo, exige cierto estado de concentración tanto en el intérprete como en el público.  En los conciertos de la Filarmónica de Gijón tuvimos la ocasión de escuchar hace algunas temporadas a violonchelistas como Jiri Barta o Asier Polo con las “Suites” de Bach, y creo que aquellos espectadores disfrutaron.  Si a un concierto de violonchelo a solo se le añade que la mitad de las obras del programa son contemporáneas, la escucha se debería hacer más densa, más compleja, como podría haber sucedido en el recital que el miércoles interpretó en Gijón el violonchelista granadino Guillermo Pastrana (retengan el apellido, que les acabará sonando, tanto por Guillermo, un violonchelista excepcional, como por su hermana, la soprano Sandra Pastrana). Y, sin embargo, el entusiasmo, el buen hacer y el afán comunicativo de Guillermo Pastrana logró que un concierto a priori difícil se convirtiese en un recital muy atractivo y, lo que es más difícil, entretenido.  Pastrana se planteó su recital “Luces y sombras” no solo como un diálogo, sino también como un acercamiento entre el barroco y la música contemporánea.
Empezó con Penderecki y, aunque en la presentación Pastrana dijo que era lo más duro del programa, en mi opinión se equivocaba.  Hay una línea directa entre los “Divertimentos” para violonchelo del compositor polaco, y el pathos, la pasión expresiva barroca.  El cromatismo expresionista de Penderecki siempre conserva la forma tradicional e incluso cierta vaguedad tonal, como en el “Nocturno”.  La evocación del laúd por medio de pizzicati en la “Serenata”, el sentido obsesivamente burlón y chisporroteante del “Scherzo” no son contemporáneos, sino eternos. Junto a Penderecki, el misticismo envuelto en una variada atmósfera de color, ataques e intensidades de Sofía Gubaidulina, una hija musical de Anton Weber y Shostakovich.  Versiones reconcentradas, tensas, pulcras y ricas en contrastes. Un carácter más descriptivo y plástico tuvieron los “Haikus” de Josep María Guix, piezas gratas de escuchar.  Y, en frente de lo contemporáneo, grandes obras barrocas, algunas muy conocidas como el “Preludio de la Suite Nº 1”, interpretada con fantasía, y otras, como los “Ricercare” de Gabrielli o el “Capricho de Dall’Abaco”, joyas musicales muy poco conocidas, interpretadas con pasión y fervor casi profético por Guillermo Pastrana.