Valeria Zorina y Daniel del Pino

Teatro Jovellanos, 26 de abril de 2017

Por Ramón Avello

A Daniel del Pino le habíamos escuchado varias veces en Gijón. La última, no hace mucho tiempo, como pianista del Trío Contzen. El miércoles, en el concierto que ofreció junto a Valeria Zorina en el Teatro Jovellanos para la Sociedad Filarmónica de Gijón, la labor de Daniel transcendió el mero acompañamiento para realzar el sentido dialogante que hace que un dúo no sea una voz principal y otra secundaria, sino dos voces complementarias, que a veces se refuerzan, a veces se oponen y otras se complementan. A Daniel del Pino se le podría aplicar aquello que alguna vez dijo Juan Carlos de Sofía: «Es muy buen profesional». Por su parte, Valeria Zórina, joven violinista moldava vinculada a Asturias -su padre es Yuri Nasushkin, profesor del Conservatorio de Oviedo, y ella colabora, entre otras actividades, con la Fundación Príncipe de Asturias -, más que una promesa se ha convertido en una realidad artística. Fogueada y galardonada en varios concursos, posee una musicalidad atractiva y una técnica segura.

El miércoles, en el Teatro Jovellanos de Gijón, este dúo ofreció para la Sociedad Filarmónica de Gijón un curioso y, en mi opinión, atractivo concierto, con un programa poco conocido, pero bien interiorizado por la violinista.

En la primera parte, Valeria y Daniel interpretaron la ‘Sonata para violín y piano en Mi menor’, de Edward Elgar. La sonata, una de las escasas contribuciones del compositor británico a la música de cámara, es una obra de gran riqueza melódica sobre densos desarrollos.

Lirismo muy cantábile, sutileza en los largos fraseos y un talante dialogante fueron los ejes de esta versión. La segunda obra fue ‘YII’, una composición de Giacomo Platini, compositor italiano contemporáneo. Tal vez en el nombre se aluda a un cierto sentido cósmico, como la sugerencia de planetas aislados que no se rozan. Musicalmente, la obra de Platini es un motivo en armónicos por parte del violín, con el contrapunto de unos trinos y acordes arracimados a diferente altura del teclado. Nos quedamos con unas sugerencias abstractas, en una obra que al menos en una primera audición nos resulta prescindible. Mayor atractivo tuvo el ‘Poema elegiaco’, composición romántica del violinista y director de orquesta Eugène Ysaÿe.

El poema está en el primer motivo, melancólico y con canto muy ligado; la elegía, uno de los momentos soberanos del concierto, en el tema fúnebre intermedio, cantado sobre la cuarta cuerda del violín con una limpieza sutil y una expresividad desbordante.

En mi opinión lo mejor del concierto que nos trajo a Gijón una violinista no sólo brillante, sino también de una expresividad intensa.

 

En todos los concursos internacionales de piano que se celebran en Europa, es sorprendente el número de pianistas orientales premiados. El prestigioso Concurso de Piano de Santander “Paloma O’Shea” no es una excepción. Por ejemplo, un apellido español, como Juan Pérez Floristán, primer premio en la edición del 2015, está rodeado de varios nombres japoneses, coreanos y especialmente, chinos. El extenso país de La Gran Muralla es una potencia mundial en el teclado. El pianista Jianing Kong es un ejemplo de ello. Nacido en China hace treinta años, educado en Inglaterra, galardonado con el tercer premio en el último “Paloma O’Shea”, el miércoles interpretó para la Sociedad Filarmónica de Gijón un recital complejo, formado por dos de las sonatas colosales de Beethoven y los “Doce Estudios, Op. 25”, de Chopin.

Jianing Kong posee una técnica depuradísima, especialmente en la agilidad, el color y el arte de frasear. La Sonata “Waldstein”, denominada “Aurora”, según Casella por la sonoridad repetida de los acordes iniciales, de los que surge como una luz lejana el motivo inicial, se considera como la obra que abre un nuevo camino estilístico en Beethoven. Kong nos ofreció una versión limpia, muy ágil, algo contenida en dinámicas. Más expresiva, tensa y rica de matices fue su versión de “La Appassionata”, fogosa en el Allegro, reconcentrada y misteriosa en el Andante, concebido como un pórtico al expresivo final.

Los “12 Estudios, Op.25” de Chopin tienen dos vertientes. La primera obedece a una finalidad técnica, que está al servicio de la segunda, que es la poesía y el lirismo. Al final no se trata de, por ejemplo, de resolver una superposición rítmica en el Estudio N.º 2, sino de producir una sugerencia sonora y despertar una emoción. Ese fue el criterio de Jianing Kong en su Chopin encantador. Por ejemplo, los arpegios ondulantes del “Estudio N.º 1” o los tresillos ligadísimos y al mismo tiempo vertiginosos del “Estudio n.º 6, en Sol sostenido menor” o el canto trágico del “Estudio Nº7” fraseado con el pulgar, transcienden en la versión interiorizada de Kong los aspectos formales, en aras de la expresión.