Colores rusos

El pianista Sergei Yerokhin inauguró la Temporada de Conciertos de la Sociedad Filarmónica de Gijón
Teatro Jovellanos, 27 de Octubre de 2011
 

Por Ramón Avello

Un programa atractivo es, sobre todo un programa bien interpretado, pero también, un programa variado. Calidad interpretativa y variedad en las obras seleccionadas, fueron algunas de las cualidades del pianista Sergei Yerokhin que ayer abrió la 104 Temporada de Conciertos de la Sociedad Filarmónica de Gijón. El recital de Yerokhin es el primero de los trece conciertos que la Filarmónica organiza para este curso.

Además de buen pianista, hay en Yerokin una voluntad de estilo por la que los patrones interpretativos se modifican y cambian siempre al servicio de la obra interpretada. Así, la sencillez, un tanto engañosa de la “Sonata en Do mayor”, K. 330, de Mozart, nos la dio envuelta en un color casi clavecín, ausencia de pedal, y un aire un tanto melancólico, como corresponde a esta sonata, aparentemente fácil de técnica, pero de una gran riqueza melódica. Frente a un Mozart algo lejano, un Beethoven mezcla de lirismo y rudeza, dos cualidades un tanto opuestas pero que se acoplan bien a la “Sonata n.º 23 en Fa menor”, la “Appassionata”, de Beethoven. Creo que fue Romain Rolland el que calificó a esta grande entre las grandes sonatas de Beethoven como “un volcán en un lecho de granito”. Un torrente de fuego, de pasión, contenido y dominado por el espíritu y la forma. Fue una “apassionatta” de contrastes abismales de dinámica desde el fuerte ensordecedor al pianísimo casi inaudible; bien asentada en cuanto a estructura, resaltando esos pequeños motivos rítmicos reiterativos que conforman la obra, con alguna “morcillina”, pequeños errores insustanciales al hilo de la pasión.

En la segunda parte, Yerokin interpretó una versión un tanto peculiar de “Los cuadros de una exposición”, de Mussorgski. La magistral orquestación de Ravel de estos “Cuadros”, hace que cuando escuchamos la versión original para piano nos parece que estamos ante una transcripción pianistica de una obra sinfónica. Yerokin nos la interpretó con una alta subjetividad en el tiempo, con ritmos entrecortados llevados al piano con cierta brusquedad, rica en matices y colores, y esa mezcla entre lo épico, lo lírico y lo solemne. Tras unos cuadros casi cegadores, ¿qué mejor bálsamo que un Chopin de propina?